Capítulo Siete Mares - FIHNEC El Salvador - VENTANA DE FIHNEC

2007 - "DIOS ESTÁ CONTENTO CON TU SERVICIO" - Testimonio de Guillermo Herrera

Llegué a la Fraternidad porque uno de mis hijos estaba enfermo. Con mi esposa habíamos trabajado para que nuestros cuatro hijos pudieran alcanzar la mejor educación. Tres habían egresado de sus carreras universitarias graduados. El cuarto de ellos, un muchacho sano, estaba en el cuarto año de su carrera universitaria de ingeniería electrónica, de repente enfermó y eso me hizo venir a la Fraternidad. Yo había oído que aquí se daban milagros y vine tras un milagro. Me recibieron como si yo hubiera sido un gran amigo de todos, con abrazos, cosa que no mucho me gustaba porque soy el cuarto de un grupo de cinco hermanos varones, y el machismo no nos hacía entrar en esa onda. Sin embargo por la pena que traía, yo sentí un gran amor, una gran receptividad. Después de la reunión, pasé adelante, donde me presentaron a un Jesucristo que hace milagros hoy, como lo hizo hace dos mil años. Salí impresionado por todo lo que pasó, y fui corriendo al hospital, tomé de las manos a mi hijo y le dije: Te voy a presentar a ese Jesucristo que he recibido. Hicimos una oración que normalmente hacemos al presentar a Jesucristo. Pasó una semana pero las cosas se ponían cada vez más difíciles. Me encontré con que la Palabra de Dios dice que él había sanado, ciegos, cojos, había echado fuera demonios, y más que todo eso, había resucitado a hombres. Entonces dije, estoy en el lugar correcto. Al siguiente sábado, ya con cuatro operaciones que le habían hecho, vine todavía más afligido, y al finalizar la reunión, pasaron adelante los que necesitaban una oración especial. Oraron por mi pena, y ese día fue algo especial. Sentí la presencia del Espíritu Santo, y empecé a sentir un fuego de pies a cabeza. Mi cuerpo cambiaba de temperatura de una manera inexplicable y empecé a llorar, al tiempo que sentía una paz tremenda en mi corazón. Con esa paz y un gran gozo, no sé como entré a la sala de cuidados intensivos, y de pronto estaba con mi hijo, y le estaba diciendo: Hoy recibí algo más grande y empecé a sentir otra vez aquella sensación de cambios de temperatura, esa sensación que Dios le estaba transmitiendo a él, y le expliqué que el Espíritu Santo estaba con nosotros. Para mí, fue algo inolvidable ese día sábado, y regresé a mi casa en paz. Pero al día siguiente a las cinco de la mañana sonó el teléfono. Llegamos al hospital y vimos que había sido desentubado, y cuando lo toqué estaba helado. Había fallecido. Fue un dolor tremendo y preguntaba; ¿En que he fallado Señor?, yo te busqué, busqué ese milagro y no lo encontré. Yo le decía, Señor pero ni siquiera sé donde está él. Cierto día me atreví a decirle, ¡Tú no estás en mis zapatos! ¡No estás sintiendo ese dolor! En ese momento vi que en una parte del plafón se abría una puerta brillante. Cerraba mis ojos, los abría, y seguía viendo esa puerta. Apareció una persona con un vestido blanco brillante, y una escalera por la que él bajaba. Me encontraba yo con mi hijo en la parte de abajo, lo tomó de los brazos, se lo llevó y la puerta se cerró. Ese día yo le pedí perdón a Dios y le dije: Gracias Padre por lo que me has dado. Lleno de gozo y tranquilidad, al día siguiente les hablé a mis hijos y a mi esposa, y les conté lo que había pasado. Dos o tres años después en una Convención Nacional uno de los conferencistas me dijo: “Tu luto ha terminado hoy, y tú - me dijo - estás sirviendo a Dios. Él está contento con tu servicio, pero lo que tú no has entendido todavía es que tu hijo no murió. Pasó de una vida pasajera a una vida eterna. Y ese es el propósito que Dios tiene en ti y en tu familia.

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