Capítulo Siete Mares - FIHNEC El Salvador - VENTANA DE FIHNEC

2004 - "CONFIANDO EN UN PODER SUPERIOR - Primera parte" - Testimonio de Cesar Valdés, Ex - US Marine

De niño oí una oración que hasta hoy me sigue impactando, que dice: Señor, hazme un instrumento de tu paz. Mis padres fueron un ejemplo digno de imitar, pero un día, la guerra terminó con ese bello hogar, y a los 17 años, salí al exterior porque ya la guerra había tocado nuestra casa. En esa ocasión, el viejo oso, mi papá, nos reunió a todos, nos abrazó y dijo: Con el dolor de mi alma, si no nos volvemos a ver, recuerden que siempre deben de hacer algo por los demás.

Me encaminé como muchos otros a los Estados Unidos, para aprender una profesión y salir adelante. Un día caminando por la universidad, luciendo unos pantalones camoflageados, un joven se me queda viendo y me dice, ¡Que bonitos tus pantalones! Si, le dije, me los regaló mi papá. ¿Te gusta la vida militar? Si. ¿Querés entrar al ejército más poderoso del mundo?... Los infantes de marina. Ese día estaba firmando un documento que cambió totalmente mi vida.

A los dos meses me transfieren a una batería de artillería, y cuando me reporto a mi nueva unidad, me dicen: Llegaste en el momento preciso para hacer historia. Mi unidad se movilizaba hacia el Medio Oriente a un país con 58 años de guerra, era Beirut en el Líbano. Me dijeron: Lo que vas a ver y a vivir nunca lo vas a olvidar, y cuando regresés vas a estar tan lleno de medallas, de condecoraciones para el resto de tu vida. Yo había pedido al Señor ser instrumento de su paz, y la misión era con las Fuerzas Multinacionales de Paz. Así el Señor me convertía en instrumento de su paz. Me podían ver armado hasta los dientes, pero no son las armas las que nos defienden, sino quizás una madre cariñosa, o el viejo aquel que puso una pequeña palabra de la Biblia, del Salmo 91. El Señor nos cuidaba, y no nos dábamos cuenta de su protección.

Un 23 de Octubre de 1983, nuestras unidades iban a ser cambiadas y después de un año regresaríamos a casa. Dijimos: ¡Ya la hicimos! Nosotros, protegíamos lo que era el alto mando, con mas o menos 365 compañeros. Como a las nueve la de la noche los combates arreciaron y pedían unidades especiales que se movilizaran desde el cuartel general hacia las bases de artillería. En la madrugada, cuando el fuego de artillería empezó a bajar nos dijeron: Vayan reuniendo sus unidades.

Nos alistábamos para regresar al cuartel general cuando se apagan las luces, y como quien va en un elevador a toda velocidad, se nos hundió el suelo. El temor era no saber lo que estaba pasando. Cuando logramos reaccionar y pudimos hablar alguien dijo: ¿Que pasó? No tengo ni idea le dije. Era un momento de confusión, en la oscuridad uno no sabe si está vivo o está muerto. Se oían voces pero sin saber donde, y lo único que quedaba era implorar al Señor por misericordia. En ese momento para nosotros pasaron siglos. En medio de la angustia oímos un grito: ¿Hay alguien vivo, alguien herido? ¡Somos las fuerzas Internacionales de Paz! Al sacarnos, nos dijeron: Un camión cargado con seis mil libras de explosivos plásticos, entró y explotó en nuestro cuartel general. Nosotros estábamos a ochenta metros. Cuando vi que donde yo había vivido ocho meses, un edificio del tamaño de este hotel, que lo único que quedaba era un cráter de treinta metros de profundidad, vi la misericordia de Dios que no permitió que con el grueso de mi gente estuviéramos allí en aquel instante.

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